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Cuando Donald Trump tomó las riendas del gobierno estadounidense en enero pasado las élites globales estaban estupefactas. Con su discurso nacionalista y aislacionista, el nuevo gobierno norteamericano parecía amenazar el libre comercio y la globalización. Su anuncio de revisar el Tratado de Libre Comercio en cuanto al capítulo mexicano, principalmente y más aún su oposición a firmar el Tratado Transpacífico y otro similar con la Unión Europea – proyectos que han sido impulsados, a lo largo de los años pasados, por las grandes corporaciones transnacionales –, prendieron los focos rojos en aquellas instituciones supranacionales, altas burocracias gubernamentales y corporaciones empresariales, que han sido los grandes ejecutores y ganadores de  la globalización neoliberal. Con la llegada de Trump, el espléndido banquete que habían celebrado durante casi cuatro décadas, parecía haber llegado a un fin, según su sentir, prematuro y totalmente inaceptable. El Armagedón estaba en puerta y había que hacerle frente.

Efectivamente, Trump ha hecho lo posible para echarse a muchos sectores sociales en contra. Sus expresiones y actitudes misóginas, homofóbicas y xenofóbicas, sus ataques contra la prensa, la persecución de migrantes latinoamericanos y la declaración de guerra contra la  población musulmana dentro y fuera de Estados Unidos, su insólito estilo diplomático, la presión sobre empresas transnacionales a que repatrien sus plantas industriales y su discurso aislacionista han motivado a algunos sectores del establishment político americano a preguntarse si habría una manera de tumbar cuanto antes a tan repudiable figura política. Manifestaciones políticas y expresiones de repulsión públicas en los primeros días después de la toma de posesión, actos de insubordinación de parte de ciertas ciudades contra las políticas migratorias y la congelación jurídica de algunos de los primeros decretos presidenciales se dieron la mano con la ridiculización de su persona en las redes sociales y el cuestionamiento de su salud mental y su capacidad de dirigir el país por parte de los grandes medios de comunicación. De gran impacto político resultó el rumor sembrado de que Trump fuese un títere del presidente ruso Vladimir Putin, quien apoyado por un ejército de hackers hubiese maquiavelado la derrota de Hillary Clinton y el triunfo de Trump.

TrumpFoto: Carlo Allegri /Reuters

Aunque algunas protestas han surgido de forma espontánea, muchas otras han sido impulsadas, financiadas y organizadas por la élite neoliberal que se percibió desplazada por el nuevo gobernante. Este círculo exclusivo ha sabido aprovecharse del repudio que el presidente Trump ha despertado dentro y fuera de su país. Un primer balance de esta lucha por el Estado americano y el rumbo de la globalización neoliberal resulta más favorable al establishment neoliberal: a lo largo de las semanas pasadas, Trump tuvo que integrar en su equipo a representantes de Goldman-Sachs, el ícono del capital financiero globalizado y fuerte apoyador de Hillary Clinton. Algunos de sus colaboradores de primer nivel, quienes habían promovido un acercamiento a Rusia y un cuestionamiento del rol de Estados Unidos en la OTAN, fueron removidos al publicarse información sobre sus contactos políticos o comerciales con Rusia. Y recientemente el sector aislacionista de su gabinete fue remplazado por un grupo de generales quienes representan las visiones e intereses del complejo industrial-militar. El bombardeo contra instalaciones del ejército sirio en venganza de un supuesto ataque con gases tóxicos contra población civil, atribuido sin prueba alguna al gobierno sirio (¿quiénes no recordamos la mentira política de Bush para justificar la guerra contra Irak?),  la abierta amenaza de guerra contra Corea del Norte  y el envío de portaviones americanos a las costas de aquel país son muestras patentes de que el gobierno de Trump está continuando las políticas bélicas de su antecesor, el ‘refinado’, ‘culto’ y ‘sensible’ Premio Nobel de la Paz, Barak Obama. Una tendencia similar se vislumbra también en cuanto a las políticas comerciales.

Los cambios de gabinete, los vaivenes políticos y el fracaso de algunas iniciativas de ley del nuevo mandatario no pueden comprenderse sin referencia a esta élite neoliberal global que actúa de manera discreta detrás de las bambalinas. Aunque reducido en número (medio centenar de millonarios poseen el ingreso de 3.5 mil millones de personas), el grupo de superricos está decidido de continuar su suculento banquete con los medios que sean necesarios. Elecciones populares y nuevos gobiernos no representan para ellos impedimento alguno. Gracias al exorbitante endeudamiento público, los gobiernos en todo el mundo son hoy en día rehenes del capital financiero y cuentan con pocas posibilidades para evadir sus chantajes y presiones. Por otra parte, las corruptelas y actos ilícitos  de los gobernantes y aspirantes a gobernar suelen ser registrados pacientemente por instituciones de inteligencia y sirven en su momento para moldear al sector político al gusto de la élite neoliberal. De esta forma, a pesar de ser el neoliberalismo un modelo societal comprobadamente fracasado, me temo que estamos aún lejos de superarlo.

24 de abril de 2017

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Un comentario en “Tres meses Trump. Un balance / Por Veronika Sieglin

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