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En su reciente documental La libertad del diablo, Everardo González utiliza máscaras para presentar el testimonio de víctimas y victimarios de la guerra calderonista contra el narco. Son máscaras de esas que se utilizan para tratar a pacientes que han sufrido quemaduras de tercer grado en el rostro. Color carne; tan elocuentes e impresionantes como las quemaduras que se le suponen detrás. Pero eficaces. Porque no sería posible narrar a cara descubierta frente al público ni el dolor de las víctimas, ni la violencia perpetrada sobre ellas por los victimarios. Son ambas cosas impropias del espacio público: el dolor lo es, dice Hannah Arendt[1], por ser la experiencia subjetiva más privada y menos comunicable (ahí está la lucha infatigable de las víctimas por intentar sortear esta dificultad y lograr que empaticemos con su sufrimiento); la violencia lo es porque su abyección no soportaría la implacable luz de lo público. Sería allí impúdica.

Por lo menos en cuatro manzanas alrededor de donde vivo, en el centro de la ciudad, llevamos casi una semana sin alumbrado público. Las calles están completamente oscuras y si uno sale pasadas las ocho de la noche ha de guiarse por los faros encandilantes de los coches, por la luz blanca de la tiendita de la esquina, o echando mano de la linterna de su celular. El problema parece banal, de esos pequeños infortunios cotidianos de telediario que se hacen mezquinos al lado de la realidad que nos quiere poner frente a nuestras narices el documental de Everardo González.

Pero no lo es. Y no lo es, creo, por dos razones. La primera es evidente para cada habitante de esta ciudad. Por lo menos para aquellos que alguna vez se han bajado de sus carros y han tenido que caminarla en horas nocturnas. El problema que tiene hoy mi barrio se replica a lo largo y ancho de la ciudad, bien por zonas que presentan las mismas fallas que hoy tienen las calles de mi alrededor o porque, cuando no hay fallas, el estado normal de la luminaria pública es notoriamente deficitario. Las luces públicas parecen más dispuestas para iluminar la zona por donde circulan los carros, esos urbanitas de ruedas con luz propia, que el área por donde caminan los peatones. Dan más hacia la calle que hacia la banqueta, están muchas veces ocultas por el follaje de los árboles o, simplemente, son de tan baja potencia que apenas iluminan. ¡Y el problema es del siglo XIX! Que fue desde entonces que nuestras ciudades comenzaron a dotarse de alumbrado público.

Foto: Anne Fouquet. Una calle del centro de Monterrey

¡O aún de antes, del Siglo XVIII, si hablamos de la otra razón de mi argumentación; de La Razón! Es del Siglo de las Luces, ese tiempo que se propuso disipar con luz las tinieblas de la humanidad. Estamos en el orden de las razones filosóficas que, con la Revolución Francesa, construyeron la concepción moderna del espacio público. El diseño es burgués: un espacio iluminado donde esa clase quiere mostrarse, hacerse visible, aparentar, enseñar aquello que considera apropiado para exhibirse. El resto de las cosas quedan reservadas al recato o a la intimidad de lo privado. Es un espacio de hipocresía, se dirá. Sí. Pero también el que aporta los fundamentos para hacer material la libertad del individuo, su seguridad y, por lo menos hasta los límites de esa clase burguesa, la igualdad de la sociedad.

Vuelvo a Arendt. Dice la autora de La condición humana, que lo público tiene un doble significado. Significa que lo que allí “aparece” puede verlo y oírlo todo el mundo, mientras que lo íntimo es de una existencia oscura, individualizada, hasta que se transforma en una forma adecuada para la presentación pública. La apariencia constituye así la realidad. Quiere decir también que lo público es lo común a todos, en cuanto diferenciado del lugar poseído privadamente en él. “La esfera pública –dice Arendt– al igual que el mundo en común, nos junta y no obstante impide que caigamos uno sobre otro”, es decir, permite la convivencia. Lo público es, entonces, el lugar donde los individuos podemos ver y ser vistos sin que nos parezcamos inapropiados para compartir cosas en común.

No sé si las luces de la ciudad hubiesen sido suficientes para evitar la violencia que de esa forma enmascarada relata La libertad del diablo. Pero sí estoy convencido de que mucho de ese mal mayor que hoy nos aflige podría ser menor, mucho menor. Sí estoy convencido que bien valdría más dotar a nuestra ciudad de una buena luminaria pública que de militares armadísimos y protegidos para su actuación descontrolada entre tinieblas, como hoy pretende la llamada Ley de Seguridad Interior. Sí estoy convencido de que el hacernos visibles, vernos las caras, nos hace comunes y confiables. Sí estoy convencido de que nuestro espacio público debe ser un espacio de aparición y no de desaparición, porque hacer de éste el espacio de lo visible es conjurar lo inapropiado de la violencia y el dolor de quienes la padecen.

Así que aprovecho esta columna para hacer desde aquí un llamado a nuestras autoridades públicas: hagan la luz, y no la guerra.

20 de marzo de 2017

[1] Arendt, H. La condición humana, Buenos Aires: Paidós, 2009.

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